Una paz duradera. 1589-1594
Una paz duradera. 1589-1594
Aunque ande en valle de sombra de muerte
Henry de Navarra decidió regresar a los aposentos donde acababa de morir el rey de Francia. Antes de entrar, se detuvo en la puerta y reflexionó unos instantes. El asesinato de Henri III lo había precipitado todo aquel día en Saint-Cloud y era imperioso mantener en sus manos las riendas de la situación antes de que la noticia llegara al París controlado por la Liga. Repasó los acontecimientos que se habían sucedido en la última hora. No quería que nada se quedara en el tintero. Como le había apuntado Agrippa, carismático hugonote de corazón valiente y firmes convicciones, su futuro dependía de cómo manejara la situación en los primeros instantes. Y él estaba actuando de la manera más rápida y firme posible, aunque bien sabía que todavía quedaban escollos importantes para que la corona de Francia, que ahora le pertenecía por derecho, se posara sobre su cabeza. Creía que había acertado al sellar su alianza con el mariscal Biron, quien, a la postre, había sido el primer católico en reconocerlo como rey de manera sincera. En su corazón guardaba los compromisos de fidelidad de parte de sus tropas, recibidos hacía tan solo unos instantes en los jardines de Saint-Cloud, así como el juramento de sangre que sus primos Bourbon le habían tributado.
Sus reflexiones fueron interrumpidas por las voces que le llegaron desde el interior de la habitación, donde los mignons[1] del rey fallecido velaban su cuerpo. Se centró entonces en el siguiente paso que debía dar: atraerse a su causa a los hombres que en ese instante discutían y cuyas palabras altisonantes reafirmaban algo que ya sabía. Ninguno de ellos iba a reconocerlo como rey, aunque lo hubieran hecho hacía unos instantes para darle la satisfacción al último rey Valois cuando, momentos antes del terrible desenlace, se lo había solicitado. A pesar de todo, estaba dispuesto a hacerles cambiar de opinión.
No tenía sentido demorar más el encuentro, así que abrió la puerta. La discusión terminó de manera abrupta. El rey de Navarra se quedó unos instantes en el umbral y miró uno a uno a los favoritos de Henri III que rodeaban la cama donde yacía su cadáver. D’O tenía fama de ser poco íntegro. El propio rey lo había expulsado de la corte hacía cuatro años. Era, más bien, un personaje oscuro, siempre envuelto en conjuras que, según se contaba, había tramado ciertos asesinatos frustrados. Durante sus años alejado del Louvre, se había revuelto contra su señor natural y se había aliado con la Liga Católica. La debilidad política del último rey Valois le había permitido retornar al círculo más íntimo de los mignons reales. Si bien era cierto que había expuesto su vida el día que el rey tuvo que huir de París, Henry no tenía muy claro que pudiera fiarse de él. Aunque, para ser honestos, había que reconocerle su capacidad para desenvolverse con las finanzas.
Tampoco se fiaba del duque de Épernon. Era un hombre demasiado ambicioso e intrigante, capaz de acaparar poder sin límites. Tanto era así que, durante el reinado de Henri III, se había ganado el apodo de demi roi. Pero necesitaba su ejército si quería derrotar a la Liga, su verdadero enemigo. Al lado del duque se encontraba Châteauvieux, capitán de la guardia escocesa y, según se decía, una de las manos ejecutoras de Henri de Guise. Y, por último, Henry miró a Entrangues, miembro de las órdenes de Saint Michel y del Saint-Esprit, como todos los demás favoritos. A nadie escapaba que también había tenido un papel destacado en el asesinato de Guise, orquestado por el propio Henri III.
Definitivamente, no confiaba en ninguno de ellos y estaba seguro de que los cuatro lo odiaban solo porque era hugonote. Sin embargo, todos estaban unidos por dos circunstancias: un enemigo común; la Liga, y la petición de un moribundo que, a pesar de haber sido expresada hacía ya una hora, todavía flotaba en el ambiente.
«Messieurs, a todos vosotros presentes aquí, os recomiendo que reconozcáis al rey de Navarra como vuestro legítimo soberano, en caso de que yo muera. Es mi deseo que permanezcáis todos unidos para salvar el Estado, pues es la discordia de los grandes la que lleva a la ruina a las monarquías. Aquí os digo que considero al rey de Navarra como mi legítimo sucesor a la corona. No debe asustaros la diferencia de religión. Mi hermano siempre ha demostrado tener un carácter franco y lleno de sinceridad. Sé que tarde o temprano retornará al seno de la Iglesia. No ignoréis la justa obediencia que le debéis y para que nunca olvidéis sus derechos y vuestros deberes, os ordeno a todos que le prestéis juramento de fidelidad en este momento».
—Ya habéis escuchado las palabras del rey —les recordó Henry. Y yo os pregunto aquí y ahora, si vais a ser leales a su legado y a lo que habéis prometido —la voz del rey sonó con aplomo. Para enfatizar sus palabras volvió a mirar uno a uno a quienes lo escuchaban. Durante unos instantes se extendió por la sala un silencio agónico. La inabarcable incomodidad en que la muerte del último rey Valois los había dejado lo cubrió todo.
—No podemos seguir ni seguiremos a un rey protestante —manifestó Épernon. De los presentes, él era el que mayor poder tenía, puesto que los ejércitos reales todavía estaban bajo su mando, y eso se reflejaba en su mirada brillante y retadora.
Henry sabía que, si quería ser rey de Francia no solo por derecho sino de facto, tenía que empezar a comportarse como si ya lo fuera. Elevó el mentón, en un gesto de autoridad más que de altivez, y se acercó a la cabecera de la cama. Clavó sus ojos en el rey muerto antes de hablar de nuevo.
—A estas horas la noticia del fallecimiento de Henri III habrá empezado a correr por las calles de París. Ni yo soy tan loco como para pensar que a la Liga le va a gustar la idea de tener un rey hugonote más de lo que os gusta a vosotros ni vosotros sois tan estúpidos como para creer que ciertas personas que lideran la formación van a dejar pasar por alto la oportunidad de vengarse de quienes saben culpables de los asesinatos de Guise y de su hermano, Louis de Lorraine —al pronunciar estas últimas palabras se centró en Entrangues y Châteauvieux—. Deseo, sinceramente, poder llegar a entendernos.
—¿Estáis dispuesto a abrazar la fe católica? —insistió d’O.
Ante el empecinamiento de los cuatro interpelados, Henry se dio cuenta de que era la hora de poner las cartas sobre la mesa. Aunque todos lo habían reconocido como su señor y maestro cuando Henri III se lo había pedido, se hacía imperativo descubrir, de una vez por todas, el valor que tenían los cuatro mignons en su partida.
—¿De verdad desearíais tener por rey a alguien que no estimara la religión? ¿Confiaríais en un ateo? —les interpeló de manera firme— ¿Acaso elegiríais combatir bajo la bandera de un príncipe apóstata? Bien sabéis las penalidades por las que he pasado y en ninguna de ellas me he dejado llevar por el desfallecimiento. ¿Debería ahora dejar a un lado mi coraje y magnanimidad por conseguir el trono de Francia? No podéis llamar a mi firmeza, obstinación ni a mi discreción, pusilanimidad. Apelo a que consideréis esto de manera más tranquila cuando se haya reunido un mayor número de pares y de oficiales. En cuanto a aquellos que no están dispuestos a dar tiempo para madurar la deliberación dejándose arrastrar por la mala suerte de Francia, sus propios miedos y la falaz e inestable prosperidad de los enemigos del reino, les doy libertad para marcharse y no objetaré si deciden buscar su propia ventaja bajo amos insolentes. Estoy seguro de que tendré a mi lado a aquellos católicos que aman su país o respetan su honor[2].
El discurso del rey se vio interrumpido por la llegada del conde de Govri. Este, tras irrumpir en la estancia, se acercó a Henry sin percatarse de nadie más, besó su mano e hincó la rodilla.
—Sire, vengo en representación de vuestros nobles más valientes, quienes han decidido posponer los lamentos por la pérdida de su príncipe hasta que su muerte sea vengada. Estamos impacientes por escuchar las órdenes de nuestro nuevo rey. Vos sois el soberano de los valientes y solo los cobardes os abandonarán.
Las palabras del conde surtieron un efecto devastador en los presentes que vieron cómo su posibilidad de arrinconar al rey se desvanecía de pronto.
—En estos momentos, sire, la Guardia Suiza y varios de vuestros jefes hugonotes están llegando a Saint Cloud.
Chateauvieux se tensó al escuchar que la Guardia Suiza estaba dispuesta a plegarse a las órdenes de Navarra. La reacción no pasó desapercibida para Henry quien también vio de reojo cómo el rostro de d’O se congestionaba. Él y Épernon, aduciendo que tenían que atender otros asuntos, se retiraron discretamente en cuanto empezaron a llegar los partidarios del príncipe hugonote. Para Henry estaba claro que los cuatro favoritos no eran sino un par de parejas de bigailles[3], pero en algunas partidas, estas no dejan de llegar a la mano. Henry los vio marchar tomando buena nota.
Después de recibir el homenaje de los suyos, Henry abandonó por fin los aposentos que habían servido de morada al último rey Valois y dejó que prepararan el cuerpo para su embalsamamiento. Sin demora, continuó con los quehaceres que le correspondían como rey de Francia. Una de sus primeras preocupaciones fue, precisamente, organizar las exequias del rey muerto. El problema era que, con París tomada por la Liga, iba a ser imposible oficiar los funerales en Saint Denis, como hubiera sido preceptivo. Pensando en las posibles alternativas, se acordó de un sitio, no muy lejano, y que, además, estaba estrechamente ligado con los reyes carolingios y francos; un lugar donde el propio Hugo Capeto, del que él mismo descendía, fue reconocido como rey. Ese emplazamiento no era otro que la antigua abadía de Notre Dame de Compiègne, también conocida como de Saint-Corneille. Le vino a la mente porque su tío abuelo, Louis de Bourbon-Vendôme, había sido abad del cenobio no hacía mucho tiempo. Eligió a d’O para la tarea de organizarlo todo y lo llamó a su presencia.
—Prepara una escolta de cincuenta hombres y ve a buscar a la reina viuda. Tráela aquí y después parte hacia Compiègne para preparar los funerales de tu antiguo maestro. Aquí tienes las instrucciones para el abad de Saint-Corneille —le dijo depositando en sus manos un documento lacrado.
D’O aceptó la misión con orgullo y hasta pareció conmoverse por la elección, pues su mano tembló al recoger lo que el rey le entregaba. Tras su marcha, Henry se encerró en sus aposentos de Saint-Cloud y escribió sus primeras cartas como rey de Francia. La primera fue para su hermana, Catherine, que se encontraba en Pau. Las siguientes tuvieron muy diferentes destinatarios. La actividad se tornó frenética en torno al nuevo rey. De sus estancias entraron y salieron emisarios que él mismo envió de inmediato a Alemania, Suiza, Flandes, Inglaterra y a la República de Venecia. De todos es sabido que solo un necio desaprovecha las ventajas que la vida le ofrece. Henry disponía de una ventaja muy pequeña, tal vez de unas pocas horas, para ganar apoyos y sumar lealtades antes de que la Liga conociera el fallecimiento de Henri III e intentara volver en su contra a toda Francia proponiendo otro candidato al trono. Si los favoritos del fallecido rey no querían reconocer a un soberano protestante, mucho menos lo haría la Liga Católica. Y, para enfrentarse a ella, iba a necesitar algo más que felicitaciones y reconocimientos. Con acierto, pensaba en dinero, armas y hombres.
Sus aliados en el extranjero eran importantes, pero también lo eran aquellos que habían combatido a su lado. Por eso, en cuanto tuvo unos instantes, llamó a Rosny. Cuando se presentó aquel joven de mirada inteligente y cabeza fría se permitió relajarse unos instantes y sonreír por primera vez en las últimas horas. No pudo menos que enorgullecerse del hombre que tenía delante y que, a sus veintinueve años, había probado su valía y su fidelidad a su lado en numerosas ocasiones. Se dirigió a él con el tono familiar que usaba con aquellos que formaban parte de su círculo más íntimo.
—Siéntate, mi fiel amigo.
El propio rey le sirvió una copa de vino y compartió unos momentos de sosiego con él.
—Me gustaría permanecer ocioso y solo preocuparme de que la ceremonia de mi coronación resultara entretenida para los franceses, pero Dios ha querido que antes de eso tenga que ganarme la fidelidad de algunos de mis súbditos más díscolos.
—Sabed que no estáis solo para ese empeño, sire, y que son muchos los que ya os han mostrado fidelidad o están deseosos de hacerlo.
—Tengo casi treinta y cinco años, Rosny —el rey captó en su leal amigo las ganas que tenía de servirlo pues estiró la cabeza hacia él—. Toda mi vida he luchado por Navarra y ahora me toca hacerlo por Francia. Estoy decidido a hacer lo que sea necesario para traer la paz a un reino que ya ha derramado demasiada sangre. Ese es mi empeño y mi deber. Aunque mucho me temo que habré de luchar un poco más antes de conseguir esa ansiada paz que no solo necesita mi corazón, sino toda Francia.
—Si en algo os puedo ser útil, solo tenéis que dar la orden y os obedeceré sin cuestionar nada, sire.
—Me alegra oírte decir eso, porque quiero confiarte una misión.
Rosny dejó la copa en la mesa que tenía delante e inclinó el cuerpo hacia el rey.
—¿De qué se trata?
—Quiero que vayas al encuentro del mariscal d’Aumont y seas quien le dé la noticia del fallecimiento de Henri III. Asegúrate su obediencia hacia mí.
A Henry le interesaba tener la lealtad de un hombre que había combatido a la Liga durante el reinado de su antecesor y había sido uno de los colaboradores más fieles del último rey Valois.
—Me siento muy honrado por poder llevar a cabo esta misión. Si me lo permitís…
—Adelante.
—Creo que, una vez tenga el respaldo de Aumont, sería fácil hacernos con Meulon. Está en manos de St. Marc, fiel a la Liga. Es una plaza estratégica que nos conviene controlar y poner en obediencia de vuestros aliados.
Henry dio un trago a su copa de vino. Cuando apartó el recipiente de sus labios una nueva sonrisa brotó en ellos. Esa era una de las facetas que más le gustaba de aquel leal vasallo; su mente clarividente, que le permitía ver más allá del primer árbol que componía el bosque.
—Hazlo.
El joven se levantó dispuesto a cumplir su misión de inmediato.
—Rosny —el interpelado se detuvo—, cuida bien de tus tropas y no permitas ningún amotinamiento.
—Lo haré, sire.
El rey se quedó solo, pensando en que hacía tan solo unos días, Henri III y él habían estado a punto de tomar París y de liberarlo de las zarpas de la Liga. Pero el maldito Jacques Clément se había cruzado en su camino. Para decir verdad, más bien, se había cruzado en el camino del rey de Francia alzando su mano contra él. Ahora, esa mano asesina estaba muerta, pero también lo estaba Henri III. Apuró su copa y se levantó. Sabía que la Liga iba a ir a por él y que los Lorraine no iban a escatimar esfuerzos ni sacrificios para acabar con su vida. Si quería la paz, debía prepararse para la guerra. Pero había un problema. En cuanto a lo que se refería al número de fuerzas armadas, estaba en clara desventaja, por eso debía pensar bien cuáles serían sus próximos movimientos. Miró por la venta en dirección a París. La capital todavía estaba muy lejos de rendirse a él, a pesar de que en una hora podía presentarse allí con todos sus ejércitos.
Armagnac, su primer ayuda de cámara entró en los aposentos sin llamar.
—La reina viuda ha llegado, Monsieur —le avisó.
—¿Está el cadáver del rey preparado? —a Henry le agradó escuchar la voz de su sirviente; una voz que se había quebrado tras los acontecimientos de la matanza de Saint Barthélemy, de la que había salido indemne gracias a un encuentro providencial con la reina de Navarra cuando estaba a punto de ser asesinado. A consecuencia de la situación traumática que había vivido, había perdido el habla o las ganas de hablar. Afortunadamente, tras saber la noticia de que su maestro era ahora rey de Francia, había recuperado su voz habitual y Henry se congratulaba por eso.
—Lo está, sire.
El rey se dirigió deprisa hacia la entrada de Saint Cloud. Llevaba puestas tan solo sus calzas y una camisa. Mientras iba al encuentro de Louise de Lorraine pensó que tal vez debería haberse puesto algo más apropiado, pero ya era demasiado tarde. Había pasado casi toda la noche desvelado al lado de la cama del rey y el fatal desenlace no le había permitido disponer del tiempo necesario para cambiar su atuendo. Llegó a la entrada justo en el momento en que el propio d’O ayudaba a la reina viuda a descender de su carruaje. Henry bajó deprisa las escaleras de la entrada, dio las gracias a d’O, que partió de inmediato hacia Compiègne, y se acercó a la dama. Su rostro estaba tan pálido que parecía que la misma luna se hubiera quedado retenida en él. Vestía de blanco, el color de luto de las reinas de Francia. Su vestido era sencillo y pulcro. En su falda destacaban sencillos bordados, también en blanco, con las flores de lis.
—Siento tener que daros la bienvenida en estas circunstancias, Madame.
Vio cómo sus labios temblaban y se dio cuenta de que le era difícil hablar por la emoción contenida. Ella hizo una sencilla reverencia, pero cuantos estaban en los jardines de Saint Cloud captaron el gesto de reconocimiento que realizó delante del nuevo rey.
—Os acompañaré a los aposentos donde reposa vuestro esposo.
Los ojos de la reina viuda parpadearon colmados de dolor y de ellos escapó una lágrima prófuga que se precipitó hacia abismo de su rostro níveo. Henry le ofreció la mano y ella la tomó con tanta suavidad que parecía que una pluma se hubiera posado sobre ella. Estaba fría y blanca como todo aquel funesto día. A su paso, las palabras se congelaron, los movimientos se interrumpieron y ni siquiera el roce de sus ropajes al caminar elevó sonido alguno. Tampoco las aguas del cercano río Seine osaron interrumpir con sus gorgoteos el fatídico encuentro entre Louise de Lorraine y su esposo fallecido. Entraron por fin en el castillo y varios miembros de la guardia del rey, de esa misma guardia que no había podido detener a su asesino, abrieron la puerta. Henry vio cómo la mujer sacaba fuerzas de donde no le quedaban. Caminó directa a la cabecera de la cama, sin saludar a los favoritos de su esposo ni al resto de los presentes y se derrumbó, escondiendo su rostro entre aquellas manos gélidas que no hacía mucho la habían acariciado.
—Salid todos —pidió Henry.
Las mejillas de Louise se llenaron de lágrimas.
—Gracias —le dijo al rey de Navarra, que fue el único que permaneció en la habitación con ella—. Aunque muchos piensan lo contrario, nos amábamos. Contadme, por favor, cómo ha sucedido.
—Un dominico se acercó a él con un cuchillo en la mano. Había conseguido una audiencia con el rey y nadie sospechó de sus intenciones. Los cuarenta y cinco que componían la guardia de vuestro esposo nada pudieron hacer por evitar la estocada. Al principio, no pareció ser una herida grave. De hecho, el rey estaba deseoso de volver a montar y continuar con nuestro asalto a París. Pero algo se complicó y esta noche… —se detuvo. No hacía falta decir nada más.
—Está tan frío… —encerró sus manos entre las suyas y luego tocó su rostro—. Los Lorraine ya no son mi familia. Ellos lo han matado —sentenció.
A Henry le conmovió descubrir el afecto que había unido a los esposos y no pudo menos que pensar en su propia esposa, Margot, a la que aborrecía y de la que llevaba muchos años apartado.
—Me ocuparé personalmente de que nada os falte. Como dote de viudedad dispondréis del ducado de Berry y tendréis el castillo de Chenonceau tal y como lo recibisteis de vuestra suegra, la reina Caterina.
—Juro que no descansaré hasta que la memoria de Henri sea restituida.
El nuevo rey de Francia asintió. Bien sabía a qué se refería la reina viuda, pues el papa había excomulgado a su esposo por considerarlo responsable de la muerte del duque de Guise.
—Os ayudaré en todo lo que pueda en esa tarea, Madame. Me he tomado la libertad de preparar el entierro de vuestro esposo en Compiègne. Ahora sería imposible llevarlo a Saint Denis, pero os prometo que ordenaré su traslado allí en cuanto todo se arregle.
—Confío en vos, mi rey y maestro.
A Louise, la reina blanca, le volvió a temblar la barbilla.
—Me hubiera gustado tanto darle un hijo…
—Creo que hubiéramos conseguido rendir París a sus pies.
—Él confiaba en vos.
Henry no dijo nada. La relación con su cuñado había sido complicada desde su infancia, pero en los últimos meses habían sido aliados y, quizás, incluso amigos.
—Tenéis que acabar con ellos, Monsieur —la súplica sorprendió al rey.
—Busco la forma de traer la paz a Francia, aunque sé que ahora mismo es… difícil conseguirla.
—Habláis con acierto. No habrá paz. Los Lorraine se echarán sobre vos con toda su furia y la Liga con ellos.
—Lo sé y estoy preparado.
—Me alegra oíros decir eso, porque vais a necesitar de mucho valor para enfrentar la empresa que se os viene encima.
Henry hizo un movimiento con su cabeza; un leve asentimiento que encerraba el peso de todas las responsabilidades que ahora recaían sobre sus hombros.
[1] Mignons: favoritos.
[2] Basado en la respuesta de Henry según la cuenta Agrippa en sus Memorias.
[3] En el juego de naipes de la luette, se llama bigailles a las cartas blancas o sin valor. Se jugaba con una baraja española y había veinticuatro bigailles.
Comprar el libro en Todos tus libros
Ficha histórica del libro
Edad: Moderna
Periodo: sigloXVI
Acontecimiento: Hugonotes
Personaje: Enrique III
Comentario de "Una paz duradera. 1589-1594"
UNA PAZ DURADERA (1589-1594)
En vísperas de tomar París, el asesinato del rey desbarata los planes del bando realista de vencer a la Liga Católica, dueña de la capital. En su lecho de muerte, Henri III de Francia confirma a Henry de Navarra como su legítimo heredero, pero hay un obstáculo; el rey navarro es el líder del bando hugonote y Francia jamás consentirá que un hereje se siente en su trono.
Mientras el rey de Navarra prepara los funerales por su antecesor, los Lorraine celebran con gran alborozo en París el magnicidio del último rey Valois de Francia. Por fin han conseguido vengarse de quien planificó la muerte del duque de Guise y de su hermano, el cardenal Louis de Lorraine. Para completar su desagravio, la familia, con Mayenne a la cabeza, se confabula para evitar que un enemigo de la Iglesia católica herede el trono francés, jurando no descansar hasta que la cabeza de Henry de Navarra sea expuesta sobre una pica en alguna de las puertas de la capital.
Intentando atraerse las lealtades de los católicos moderados y con la fortaleza de sus seguidores protestantes, Henry concentra sus tropas en Normandía, consciente de que el enfrentamiento con el duque de Mayenne, líder de la Liga, es inevitable.
En plena preparación de la campaña, el rey de Navarra recuerda una frase que su madre repetía a menudo: «Nada hay imposible para un corazón valiente» y decide convertirla en el lema bajo el que luchará para conseguir coronarse en París. Henry se batirá en los campos de Francia y luchará en primera línea en las batallas de Arques e Ivry bajo esta divisa. El trono y la paz de Francia están en juego y solo el ganador de esta decisiva fase de la octava guerra de religión será el dueño de la corona francesa.